SI EXISTE EL DIABLO…

…ES QUE TAMBIÉN EXISTE DIOS.

Introducción. Es la última frase de una película que vi ayer. La trampa del mal, y se me quedó grabada porque es verdad que en nuestra vida cotidiana estamos bastante entrenados en detectar lo que no va bien, lo que falla, lo que falta. Las deficiencias, los fallos y los errores, las meteduras de pata, somos súper ágiles para reconocerlas y denunciarlas. El gobierno, la Iglesia, los políticos, los entrenadores de fútbol, mi mujer o mi marido, los hijos, o los suegros, son blanco de nuestras críticas implacables. Somos unos vigías capaces de opinar de todos y de todo sin tener muchas veces ni criterios ni información suficiente. Defendemos la perfección, que sólo existe en mi cabeza. Nuestros criterios los consideramos verdad universal, Exigentes, analistas de los problemas mundiales y de los particulares. Propios o de los vecinos. Pero siempre tengo algo que decir, un juicio que formular, una sentencia que dictar. Pero suele pasar, que esos mismos criterios, no los aplico para evaluar mi propia conducta y mis propias decisiones. “No juzguéis, para no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.” Mt 7,1-5.

Cuando nos acostumbramos a captar lo negativo y a detectarlo, podemos perdernos la posibilidad de reconocer y de agradecer lo igualmente real, objetivo y maravilloso de los milagros cotidianos. De las manifestaciones de amor, de cariño, de entrega y de generosidad que diariamente ocurren a nuestro alrededor. Hace mucho más ruido una bomba que mil besos.  Es siempre más noticia las muertes, los accidentes, los sucesos que los nacimientos de bebes, las sanciones de muchísimos enfermos, o las declaraciones de amor, los “sí quiero”, los “te amaré para siempre”. Lo escandaloso, lo que significa gritos, muerte, sangre y destrucción, tiene más publico que lo normal, lo cotidiano, lo bien hecho con sencillez y con cariño y discreción.

Una amiga mía cantante daba un concierto frente a 10.000 espectadores después de superar una grave enfermedad. Milagro cotidiano es, para mí, el recuperar la alegría y las ganas de volverse a poner en marcha, cuando lo que la mayoría hace es deprimirse y echarse  a un lado, al borde del camino, dándose por perdidos, lamentando su mala suerte y preguntándose por qué le ha tocado a ella esa desgracia. Otro amigo mío ha tenido que cerrar la empresa en la que trabajaban él y su mujer. La crisis les ha hecho insostenible la realidad de su negocio. Y es una pasada ver cómo en torno a esa situación de preocupación, y de tristeza, se inaugura una corriente de solidaridad. De petición de curriculums, de búsqueda de soluciones. Decía la Madre Teresa: “No maldigas las tinieblas. Enciende tú una luz”.

Lo que Dios nos dice. Claro que la vida no es fácil de vivir. Existen retos, dificultades, tareas. Pero eso no nos tiene que llevar a un pesimismo antropológico. Levantarnos ya derrotados cada mañana. Con la queja en los labios, con el peso de la responsabilidad en la espalda que nos ven dejando jorobados, y sin fuerzas. Tenemos que ponernos el traje de faena y saber que mis fuerzas, unidas a las del buen Dios garantizan que las cosas que me ocurren, los proyectos que emprendo, van a acabar bien. “Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo en el corazón, porque tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del evangelio, todos compartís mi gracia. Testigo me es Dios del amor entrañable con que os quiero, en Cristo Jesús. Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad”. Filp 1,3-9. Ninguna circunstancia de fuera, ninguna persona desagradable, ni la crisis, ni la enfermedad, me pueden impedir amar y sentir que la vida se vuelve regalo, sorpresa y cariñosa presencia del Buen Dios.

“¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra creatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”. Rom 8,35-39.

Cómo podemos vivirlo. Vivir en el miedo y en la angustia nos hace perdernos mil detalles, mil personas, mil miradas y mil te quieros. Y si ya la vida, ella solita, es bastante perra, nos toca a nosotros no emperrarla más con nuestros sufrimientos inútiles, y nuestras fobias y manías. Cuantas veces le damos demasiadas vueltas a las cosas. Cuantas veces como si de la moviola se tratara vemos una y otra vez las cosas que nos cuestan, nos duelen y nos hunden. Y una y otra vez le damos al play de nuestra memoria. Y retrocedemos. Y nos vamos al pasado. A los episodios de nuestra vida traumáticos. Y donde nos quiere la vida y el Señor, es en el aquí y en el ahora. El presente es demasiado atractivo para despreciarlo en el pasado. O fantaseando con expectativas llenas de fantasía y de irrealidad.

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